ACOMPAÑANDO A LOS NIÑOS EN LA MUERTE DE SERES QUERIDOS

Posiblemente una de las vivencias más complicadas para un adulto es la de notificar y acompañar a un hijo, un sobrino, un nieto, ante la muerte de algún ser querido. Si nos duele ver el sufrimiento en el rostro de cualquier persona a la que amamos, cuando el dolor se clava en el alma de uno de nuestros niños puede parecernos inmanejable.

En este tiempo de crisis del COVID-19 muchos niños han perdido a personas que para ellos eran muy importantes: abuelos sobre todo, pero también padre, o madre, o un hermano…; muchas familias de nuestro país se están teniendo que enfrentar al trance de comunicar la noticia a sus pequeños y de estar a su lado, intentando paliar su gran tristeza.

La investigación confirma (y también seguro que la intuición de muchas personas) que cuando los niños sufren, uno de los factores que más les protegen de que la situación genere problemas psicológicos posteriores tiene que ver con quién y cómo le acompaña en este proceso. A la hora de afrontar la pérdida de un ser querido, no hay una única forma de hacer las cosas bien, pero sí hay algunas estrategias de base que nos pueden ayudar a manejar mejor la situación, de la forma más cuidadosa y protectora posible.

Es importante partir de la base de que el niño no es un adulto en pequeñito, y por tanto, sus procesos personales, sus respuestas ante lo que acontece, sus formas de comportarse cuando vive experiencias difíciles no son como las de los adultos pero en tamaño reducido, sino que el conjunto de su funcionamiento psicológico es diferente al de los adultos en su forma de asimilar lo que le ocurre, en su forma de interpretarlo y en su forma de responder a ello. Por eso, una primera estrategia para el adulto que quiere estar junto a un niño que sufre es no interpretar lo que el niño hace en modo adulto, sino tratar de entender que, con otro lenguaje, el propio de los niños, nos está queriendo decir cómo se siente.

No siempre nos resulta fácil a los adultos poner en palabras cómo nos sentimos, sobre todo cuando estamos viviendo situaciones complicadas que pueden estar aturdiéndonos… pues si para los adultos es complicado poner en palabras la vivencia, mucho más difícil lo es para los niños, cuya capacidad de abstracción está todavía por desarrollar; los niños “actúan lo que sienten”, es decir, van a “decir con sus conductas” lo que no saben “decir con sus palabras”. Por eso, a veces tras la muerte de un ser querido vemos cambios en su forma de comportarse, porque es la mejor manera que encuentra para expresar su dolor: el que ya no se hacía pis en la cama y que ahora vuelve a hacérselo, el que ya no dormía con su oso preferido y ahora vuelve a quererlo para dormir, el que se pelea más con sus hermanos, el que está más oposicionista a lo que le dicen los mayores… una gran variedad de formas de “hablar” con los hechos, en función de su temperamento, de la edad, y sobre todo, de cuánto pueda sentirse comprendido. Cuanto más comprendido se sienta el niño, menos suele necesitar decir las cosas con los hechos (aunque siempre habrá una parte de lo que siente que la expresará actuando).

Otras veces nos puede sorprender su aparente falta de reacción: da la sensación de que no se ha enterado o de que le da igual, y puede incluso preocuparnos. Pero forma parte esperable y normal de la forma que algunos niños tienen de gestionar lo que en los duelos se conoce como negación: la vivencia de que esto no puede estar pasando. Si cualquier adulto que esté leyendo esto ha tenido una situación de pérdida dolorosa y difícil (una muerte, un diagnóstico de enfermedad grave, una pérdida del hogar por un incendio, etc.), reconocerá en sí mismo que pasó por momentos en que le parecía increíble, tenía sensación de irrealidad. La respuesta de negación de algunos niños ante la pérdida de algún ser querido a veces es ésta, la de hacer como que no ha pasado nada, casi como si creyeran que, por seguir con todo igual, la persona fuera a volver con normalidad. Por otra parte, la edad es crucial en esta cuestión, puesto que en niños pequeños, hasta los cinco o seis años, no hay conciencia de ausencia definitiva, por lo que muchos esperan que pasado un rato, o unos días, la persona querida volverá (lo cual a veces al adulto se le hace muy difícil porque el niño sigue y sigue preguntando cuándo va a volver, a pesar de que le expliquemos que no va a volver nunca más).

Quizá alguien puede pensar que es mejor no contarles lo que ha ocurrido para que no sufran, decirles que la persona querida se ha ido por un tiempo, a un viaje largo… Pero paradójicamente, lo que nos parece que puede aliviar, finalmente complica muchísimo la respuesta del niño ante la muerte. A los niños les ayuda que se les cuente la verdad siempre, porque eso es lo que les va a hacer ganar confianza y les permitirá aprender a afrontar la vida. Se les tiene que decir la verdad, adecuándose en el tono y las palabras a su edad y capacidad de comprensión, pero siempre dándole los datos tal cual son, sin invenciones. Para ello, en la medida de lo posible, es muy conveniente que la noticia se la dé alguien muy querido para él, en un entorno de la mayor calma posible, mirándole directamente y transmitiéndole confianza.

Será importante ayudarle a poner nombre a sus sentimientos, también poniendo nombre a los nuestros: “estoy triste”, “seguramente estás con mucha pena”, “no me extraña que estés enfadada”… Se puede llorar delante de ellos, eso les ayuda a entender que llorar no es malo, que forma parte de la manera en que en momentos dolorosos necesitamos expresar cómo nos sentimos; habrá que cuidar no desbordarse emocionalmente delante de ellos, porque eso sí les puede generar angustia, o puede hacer que ellos inhiban su expresión de sentimientos para no complicar las cosas aún más, lo que les coloca en la posición de “cuidadores de sus cuidadores”, lo que no les beneficia. Necesitan ser escuchados, autorizándoles a expresar su malestar, sentir que es válido lo que sienten y que están incluidos en lo que estamos viviendo: se les podemos animar a escribir una carta de despedida a la abuela, o hacerle un dibujo que vamos a llevar al tanatorio, o preguntarles si quisieran ir al entierro.

Con frecuencia, tras la muerte de un ser querido, comienzan a tener miedo a que otras personas de su entorno también mueran, y preguntan “tú no te vas a morir, ¿verdad?”; no es fácil responder, porque no podemos decir un NO tajante, puesto que realmente no lo sabemos. Podemos señalarles que las personas estamos muy preparadas para vivir, todo lo fuerte que es nuestro cuerpo, las defensas que tenemos, el cuidado con el que nos tratamos, y que estamos mucho más diseñados para vivir que para morir. Por ello, vamos a seguir cuidándonos y prestando atención para estar lo mejor posible. Esto les encamina al autocuidado y da el margen de control de la situación que probablemente les calme en sus miedos.

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