LA “NUEVA NORMALIDAD” COMO OPORTUNIDAD PARA VOLVER A NUESTROS ORÍGENES

“Sólo el infortunio puede convertir un corazón de roca en un corazón humano”.

François Fénelon, escritor y teólogo francés.

Dicen que es más fácil escribir comedias en momentos de tristeza y tragedias en momentos de alegría. También dicen que la felicidad resulta más costosa de capturar en palabras que el dolor, que inunda innumerables páginas de los grandes clásicos de la literatura universal. ¿Será por eso por lo que la esperanza pugna por brotar de las crisis más profundas y, por el contrario, cuando el pánico empieza a remitir, el optimismo se nos revela más escurridizo? Poco importa si estas paradojas son una mera creencia popular o una certeza científica, pues escribir sobre esperanza y gozo en cualquier circunstancia es un bálsamo para nuestra mente y una necesidad humana en momentos de particular desasosiego. No cabe duda de que esta impredecible pandemia nos ha puesto contra las cuerdas a nivel individual, colectivo y global.

Ahora que empezamos a levantar un poco la cabeza, a muchos nos invade el miedo, el enfado, la tristeza, la falta de propósito, la inseguridad, la desconfianza… Ahora, cuando más motivos tenemos para sentir esperanza y cuando, poco a poco, recuperamos las cosas que más nos importan. Ahora que se ven las primeras estelas de aviones sobre el cielo y nos reunimos tímidamente con nuestros seres queridos, empezamos a comprender por lo que hemos pasado y nos preparamos para afrontar lo que todavía está por venir. Tanto nos ha trastocado esta situación que nos encontramos en una “nueva normalidad” que de “normal” no tiene nada y de “nuevo” casi todo. Las preguntas del millón son muchas: ¿cómo nos adaptamos a esto? ¿cómo integramos el sufrimiento y el terror de los últimos meses en nuestras vidas? ¿cómo afrontamos nuestra vulnerabilidad y falta de control? ¿cómo nos mantenemos seguros sin cerrarnos a la vida? ¿cómo volvemos a confiar en los políticos y en los medios de comunicación? La lista sigue y sigue y las respuestas infalibles que creíamos poseer escasean. Sin embargo, tenemos la certeza de que somos muchos los que nos sentimos así en mayor o menor medida y, frecuentemente, nos encontramos tristes, inseguros y ansiosos, a la vez que esperanzados, agradecidos y más humanos. Las dualidades y ambivalencias compartidas nos obligan a reflexionar y contemplarnos como resultado de algo mucho más grande que nuestras atareadas vidas pre-Covid. Este desastre humano, sanitario, económico y social ha puesto sobre la mesa todo lo que dejábamos para otro día. A título individual, hemos dejado de dar por supuesta nuestra integridad física, el contacto con otros –que antes, incluso, nos podía resultar superfluo y tedioso—y la inmensa libertad de movimiento y privilegios de todo tipo que nos envuelven, para valorarlos como nunca antes habíamos hecho. Hemos vuelto, en cierta manera, a nuestros orígenes, a agradecer el regalo de la vida y a disfrutarla en los pequeños momentos diarios que son los que marcan la diferencia entre el bienestar y el abatimiento.

A nivel colectivo, hemos podido atestiguar cuáles son los pilares sobre los que se sustenta nuestra sociedad: cooperación, solidaridad 2 intergeneracional, altruismo y progreso científico. Hemos visto cómo los sanitarios asumían un riesgo colosal para salvar vidas e ir más allá de su deber; cómo los científicos emprendían una carrera a contrarreloj para encontrar un tratamiento y una vacuna contra el Covid; cómo los vecinos, familiares y amigos nos manteníamos unidos y animados; cómo los empresarios y trabajadores hacían gala de creatividad y esfuerzo para salir a flote; y como las nuevas tecnologías nos unían en vez de separarnos y proporcionaban una continuidad virtual a nuestras vidas. No obstante, también hemos visto cómo salían a relucir nuestras vergüenzas y cómo los deberes “por hacer” a todos los niveles nos dejaban sin capacidad de reacción. Durante el confinamiento observábamos mudos desde nuestras ventanas la tempestad y lo que ésta dejaba tras de sí y, sin más distracción que nuestra propia compañía, nos prometíamos que nunca más volveríamos a infravalorar el calor de un abrazo, el poder curativo de una reunión con amigos, la solidaridad de nuestros mayores o la labor de nuestros sanitarios. Quizás éste sea el gran motivo de esperanza para los humanos: nuestra capacidad de contemplarnos en momentos de crisis y de ser capaces de evolucionar dando sentido a nuestras experiencias.

Nada nos devolverá a nuestros seres queridos ni la falsa sensación de control y de invulnerabilidad, pero quizás, y sólo quizás, esta tragedia no haya sucedido en vano. Llegamos a la “nueva normalidad” exhaustos, pero esperanzados porque nos conocemos mejor ya que hemos tenido que aprender a vernos frágiles, pero no por ello menos capaces o valiosos. Al pasar tiempo con nosotros mismos, hemos redescubierto aquello que nos hace conectar con otros seres humanos, sin importar los amigos que tengamos en común o las opiniones que compartamos. Aun sin quererlo, muchos nos hemos encontrado de frente con nuestra dimensión de seres afectivos, con esa capacidad para elaborar y expresar sentimientos y emociones que a menudo nos hemos negado o que nos ha resultado incómoda.

La conexión constante con la pérdida y la vulnerabilidad ha permitido iniciar íntimos procesos de reparación y sentido que han abierto la puerta a la poesía, al canto o la pintura, pues no en vano las artes siguen siendo un gesto humano terapéutico y motivo para la inspiración y la esperanza colectiva. Paradójicamente, son el aislamiento y estos procesos individuales de conexión con nosotros mismos los que nos han abocado a contemplar el valor de la comunidad y a pensar “en plural”. Veníamos lamentándonos de una cultura autorreferencial y egoísta y, sin embargo, ahora se nos hace evidente la necesidad de pensar en los otros y en su cuidado. La naturaleza propia del contagio hace inevitable examinar la sociedad como una telaraña interconectada de cuya conducta depende el progreso o el colapso. Ya no tenemos excusa para vernos como huérfanos sociales o seres desarraigados porque de nuestros pequeños gestos individuales pende el bienestar de toda la comunidad. Tanto es así que hoy entendemos que, el que no lleva mascarilla no es el más valiente, sino el que menos se respeta a sí mismo y a su entorno más inmediato y es esta comunión la red de protección que hemos recuperado con la pandemia. Los humanos no hemos progresado individualmente ni hemos hecho frente a los infortunios gracias al poder de un solo hombre. Hemos avanzado gracias a la fuerza y cooperación del conjunto. La alianza y asistencia mutua nos ha hecho ser quiénes somos como especie y, en virtud 3 de nuestra capacidad de evolucionar dando sentido a nuestras experiencias y actos, nos hemos sobrepuesto a las catástrofes y crisis.

En definitiva, admitirnos como seres reflexivos y afectivos, con capacidad de sufrir y reponerse, pero, sobre todo, dependientes y necesitados de otros es motivo de esperanza no porque sea un simple eslogan bonito, sino porque encierra un poder sin igual: yo tengo la fortaleza y la trascendencia para acompañar y conectar con otros desde lo que nos hace iguales y así cambiar el rumbo de las cosas porque del esfuerzo individual se compone el resultado colectivo y esta es mi grandeza como humilde ser humano. Por ende, la “nueva normalidad” requiere un cambio en nuestros hábitos y comportamientos que nos proteja a nosotros y, especialmente, a quienes presenten un mayor riesgo de enfermar gravemente. Ello requiere actuación y comunicación clara y transparente de nuevas figuras de confianza, pero la responsabilidad recae, en última instancia, en pequeños y sencillos actos individuales.

Los propósitos que nos hicimos durante la cuarentena y la nueva forma de apreciar lo que somos y lo que nos rodea, fruto de la meditación, puede ser la clave para recobrar la tranquilidad, ganar confianza y sentir alegría a pesar de las circunstancias. Encontrar el sentido a través de la reflexión humilde y compasiva nos allanará el camino hasta que podamos respirar tranquilos y puede que los cambios emprendidos estén aquí para quedarse y hacer nuestra vida más plena y genuina.

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