LA PERSONA EN TODAS SUS DIMENSIONES: HORIZONTE Y GUÍA PARA LA ACCIÓN

Como señala M. García-Baró en uno de sus últimos libros, el filósofo francés E. Mounier (1905-1950) plantea a menudo “problemas candentes del momento, para afrontar los cuales su consejo es invariablemente no olvidar a la persona en su pluralidad de aspectos o dimensiones (vocación, encarnación, comunión)” (Kant y herederos, p. 125). Porque la persona es, y no se agota en ser, (1) espíritu y presencia a sí misma, (2) cuerpo y materia y (3) comunicación, compromiso, apertura a los otros y a la trascendencia. Y lo es, añadimos, no de forma yuxtapuesta o sucesiva, sino en unidad: no puede dejar de ser alguna de estas cosas sin perder parte de su humanidad.

Tomando esta visión integral de la persona como horizonte y guía de la acción, vemos que la crisis sanitaria, económica y social actual nos golpea e interpela precisamente en esas tres dimensiones: en el cuerpo como puerta de nuestra vulnerabilidad, en la vocación como interrogante dramático por el futuro, en la comunión que nos hace compadecernos / padecer-con, y sabernos ligados por un mismo destino. Cobra sentido preguntarse entonces si también se están teniendo en cuenta estas tres dimensiones en las medidas y actitudes adoptadas frente a la pandemia. Las tres dimensiones pueden servir entonces para afinar el discernimiento individual y grupal (J. Labrador) que a todos nos toca en estos momentos. Vocación, encarnación y comunión; espíritu, cuerpo y apertura al otro, como guías de la acción moral, individual y colectiva, que este tiempo reclama.

Un ejemplo positivo de ello puede encontrarse en el llamado Ingreso Mínimo Vital. En él se concentra con especial intensidad la dimensión material a la que se refería Mounier. La encarnación se agranda en la necesidad, y los lazos fraternos –no digamos ya los vuelos del espíritu- no siempre resisten la llamada inaplazable de la carne. Pero vemos con alegría que en su regulación no se ha olvidado la dimensión vocacional de la persona, puesto que se ha configurado como mero “salvavidas”, que debe permitir “el tránsito desde una situación de exclusión a una de participación en la sociedad” (art. 3.d RD-Ley 20/2020). Es decir, como una simple herramienta, no en un fin en sí mismo, que permita la realización y el pleno desarrollo futuro de sus beneficiarios.

Falta entonces quizás, solamente, enfatizar a la vez su dimensión comunitaria. La conciencia de que el ingreso mínimo y la inserción a la que aspira no son simplemente una concesión de unos (privilegiados) a otros (necesitados), sino una forma armoniosa y temporal de navegar juntos hacia el mundo post-pandemia. Un mundo que necesita a todos, en el que los lugares de cada uno no están predeterminados (aunque inevitablemente condicionados) y en el que el rumbo a tomar debe ser compartido y consensuado, nunca impuesto (vuelta a la antigua normalidad; “nueva normalidad” a lo Sísifo, con repetición de lo ya vivido y meros cambios externos; o lo enteramente nuevo).

Un ejemplo más negativo puede verse en otra reacción a la crisis, más espontánea, que poco a poco se ha ido reconduciendo: la concepción como “héroes”, dentro del imaginario colectivo, de sanitarios, cajeros, transportistas, basureros y muchos otros colectivos. Esta calificación ha podido infundir ánimos en determinados momentos y reconocer un mérito que, en circunstancias normales, quizás se había pasado por alto. También traduce un agradecimiento sentido y sincero a su labor. Sin embargo, detrás de la máscara de Batman, se ha olvidado a veces a la persona, en su propia fragilidad y necesidad. Héroes cansados, desprotegidos, angustiados, que muchas veces han reivindicado su propia condición de hombres y mujeres como los demás (la necesidad de que el esfuerzo sea reconocido no sólo con aplausos, sino con sueldos dignos y menor precariedad, la atención psicológica a los propios cuidadores, el dolor de la pérdida y de la separación familiar, etc.).

Héroes, en fin, que también han apelado a su dimensión comunitaria: no pueden luchar solos, no pueden soportar sobre sus hombros el peso de una recuperación que depende de toda la sociedad. El virus no se vence simplemente con UCIs y normas, sino, sobre todo, con la responsabilidad individual de cada miembro de la comunidad. Con la conciencia de que cada acto individual compromete a la comunidad en su conjunto y la pone en peligro, especialmente en sus miembros más vulnerables. Y en eso estamos fallando.

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