REFLEXIONES DE UNA PSICOTERAPEUTA

Coronavirus. La dureza de este imprevisible acontecimiento nos ha sacudido inesperadamente, insuflándonos grandes dosis de incertidumbre, sacudiendo nuestras realidades y dejando un poso en nosotros de diferente magnitud que marcará la fuerza proporcional que tendremos que ejercer para no teñir toda nuestra realidad de este envite y así no dejar de ver la parte asombrosa, sorprendente, milagrosa, de la vida. Y aquí hemos aprendido mucho, a valorar pequeños gestos, trabajo muy por encima del deber, descubrimientos personales y gestión de situaciones muy difíciles por las que hemos sido tocados de refilón o de lleno. Y hemos ejercido nuestra libertad en ese espacio que media entre mi ser y esta realidad que no he elegido, pero que puedo elegir cómo relacionarme con ella: decisiones, gestos, pensamientos, esa parte que no se nos puede arrebatar a pesar de las circunstancias, y que, cuando no queda mucho, tenemos esa parcela liberadora que nos permite navegar a pesar de la tormenta exterior, intentando abrirnos paso en este caos hacia algún horizonte, con la convicción de que saldremos fortalecidos.

Y de esa mirada al futuro, con cierto entusiasmo, con ganas, con fe, surge la esperanza, ese hilo que nos conecta con una mirada más halagüeña, ese puente imaginario que trazas hacia un futuro deseable, mejorable, diferente, intentando cerrar el paso a la angustia, la falta de sentido, la apatía, la desidia que nos arranca la voluntad, las ganas, el presente, y nos deja sin futuro.

Para mí, este reducto de libertad al que siempre podemos acudir por difícil que se ponga la cosa es la esperanza, las alas, la que me hace sentir que estoy viviendo a pesar de las dificultades, el antídoto contra la desidia. Mi libertad como camino a la esperanza. La desidia y la esperanza no coexisten, de manera que cuando estoy alineada con una la otra desaparece. No es fácil, en según qué casos, ver la luz al final del túnel, porque muchas veces no la habrá, no fuera. Pero si podremos tener nuestra luz interior que pueda guiarnos en momentos oscuros, esa luz llamada esperanza, que no dejaremos de alimentar y que será imprescindible para mostrarnos el camino cuando nuestro horizonte se torne oscuro.

Hay experiencias, como el Covid, que nos sacuden y nos arrancan la seguridad de un plumazo, dejándonos al desnudo en una situación límite, donde nuestra supervivencia puede estar en juego, perdemos la seguridad que creíamos tener y palpamos nuestra fragilidad. Nuestro instinto se activa y le planta cara a la amenaza y, en esta situación extrema, lo pequeño se hace grande: ser conscientes de ello y agradecerlo, agarrarnos a aquellas cosas de una simpleza maravillosa que nos da la vida, al lado de ese caos, sufrimiento, incertidumbre y el miedo que sientes. Y en esta situación emerge con fuerza de nuevo la esperanza con sus alas y nos equilibra para no caer en la desidia, haciéndonos ver qué podemos esperar de la vida, dándonos perspectiva, sobrevolando la desesperación, que es la falta de horizonte. Y aquí toca seguir con miedo, seguir con cansancio, seguir. No hace falta ver el final del camino, vayamos apoyándonos en lo que ilumina nuestra linterna en las tinieblas, que es vivir al día, vivir el día. Y para que haya horizonte se hace necesario hacer camino, caminando. Por el camino que vamos construyendo día a día y seguir la senda con fe, con confianza.

Alimentemos nuestra esperanza, confiando en que la vida siempre se abre paso y que a diario hay señales para seguir esta senda. Nuestro acompañante es el dolor, el sufrimiento, el miedo, y con estos acompañantes sigo, no desisto, espero que pase, espero algo mejor, espero y confío.

A la incertidumbre que no nos pone fácil el confiar, se la combate con certezas y en estos momentos esas certidumbres saldrán de las pequeñas cosas que podamos rescatar para dar un poco de estabilidad para construir unos mínimos de seguridad para caminar. Por eso se hace tan importante enfocarnos con tozudez en esas pequeñas cosas por las que sentirnos dignos, por las que dar gracias, búsqueda que nos hará bajar a las profundidades, bucear en nuestro interior, conectar con nosotros y con nuestra espiritualidad, nuestra trascendencia, y cuando lo vemos así, lo exterior pasa a un deseado segundo plano, pierde fuerza, se debilita y dejamos de estar a su merced.

Empezar con el paso más pequeño que nos veamos capaces de dar, así iremos haciendo camino, que es el vivir.

Mientras hay pasos hay esperanza, caminamos porque esperamos algo de la vida, esta es para mí una medida bastante precisa de nivel de desaliento en una persona, termómetro que me aplico en los avatares de la vida para tomarme el pulso.

Debemos comenzar nuestra desescalada del miedo, para dar paso poco a poco a la confianza perdida, ya más liberados física y emocionalmente, tomar decisiones y actuar sin perder de vista las lecciones valiosas, entre ellas que hemos mirado de frente a la inexorable posibilidad de morirnos quizás por primera vez y esto es un muy fuerte recurso para paradójicamente bajar los miedos, porque nos hemos enfrentado al mas poderoso, el miedo a la muerte, así que aprovechemos esa fuerza para empezar por lo mas pequeños que nos veamos capaces, transformar en pequeños gestos lo que pensemos que irá en la dirección de ese final de túnel que para cada uno ha abierto esta situación, algunas muy desesperadas. Guiarse por esa lucecita sabiendo que un paso más es un acercamiento al final de la situación que vivamos por muy desesperada que sea. Y de repente un día sientes de nuevo a la vida como aliada y te da una tregua, los pasos se hacen más livianos y el viento suave acaricia tu cara. Que así sea.

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