SANITARIOS: VIVIR LA CRISIS COMO OPORTUNIDAD PARA LA HOSPITALIDAD

¡Somos pura crisis! ¡Nuestra constitución y condición humanas es estar en crisis! Y no estar en crisis es estar muerto. Nos encontramos con crisis en la infancia, crisis de la adolescencia, crisis de los 40, crisis de pareja, crisis generacional, crisis económica, crisis de ansiedad, crisis de identidad…. crisis por el Covid-19.

Aspectos que potencian la crisis en el plano personal:

  • Si ha perdido un familiar o ser querido. Elaboración de la pérdida.
  • Miedo a contagiarse; miedo a contagiar a familiares.
  • Miedo por los compañeros que han ido enfermando, incertidumbre si te pasará a ti también
  • Sentimientos contradictorios hacia compañeros que no han estado en primera línea
  • Descansar mal
  • Sentimientos hacia mandos superiores por pensar no se hacen bien las cosas, falta de información o de equipamientos.

Ahora bien, la crisis en sí no es ni buena ni mala, es lo que es y sucede. Lo que pasa es que “algunas personas viven la vida como si estuvieran seguras de que tendrán otras” (Lisa Taddeo). El tema es cómo abordamos la crisis, cómo la vivimos y cómo sabemos crecer con ella, ya que no nos la podemos quitar de encima desde el nacimiento hasta la muerte.

No vienen mal estas palabras de Alex Rovira, a propósito de las crisis: “Vivir es arriesgarse a morir… Pero se tienen que correr riesgos. Porque el mayor peligro en la vida es no arriesgar nada. Puede que así evites sufrimientos: Pero no vas a aprender, cambiar, amar ni vivir. Encadenado al miedo, uno se convierte en esclavo. Sólo eres libre si te “arriesgas”, si afrontas las crisis, se podría añadir.

Si hay algo que estamos aprendiendo los profesionales de la salud de esta situación tan excepcional y extraña, no es, sino la confirmación de lo efímera que es la vida.

Aspectos que potencian la crisis en el plano profesional:

  • Duras jornadas de trabajo, horarios y turnos con mucho estrés.
  • Fallecimiento de pacientes por falta de recursos al alcance.
  • Dolor de las familias que te echas encima por empatía; ver tanto dolor en tantas personas y a la vez; ver tanta vulnerabilidad.
  • Informar continuamente de malas noticias referentes a la evolución o desenlace de los enfermos.
  • Sentimientos de culpa por no haber podido hacer más. No hacer todo lo que uno desearía hacer.
  • Sentimiento de olvido y soledad: yo cuido de los demás, pero quién cuida de mí.
  • Crisis que ansiedad, incertidumbre, desinformación.
  • Nivel de exigencia en la toma de decisiones rápidas.
  • Tener que elegir a quién salvar por falta de medios.
  • Aumento de la presión y tensión si te ha tocado reconvertirte o te toca trabajar en un dispositivo que no es el tuyo habitual y para el que no te sientes debidamente preparado
  • No ver fin a esta situación.
  • Problemas con equipos no cohesionados.

Siendo optimistas y buscando el sentido positivo de toda esta situación, hemos conseguido que el planeta se tome un respiro, alargándole la vida un poco más, aunque pagando un precio demasiado alto, demasiadas muertes de miles de personas, sobre todo de una generación, que no se merecía este final. ¡Qué incongruencia!

Hemos constatado además, la solidaridad tan inmensa de la mayoría de las personas, la gran capacidad de adaptación que tiene el ser humano para enfrentarse a situaciones tan extremas y graves como esta pandemia, aunque en un futuro próximo, cuando acabe todo esto, suframos las consecuencias, como efectos psicológicos por la sobrecarga de trabajo, frustración, agotamiento físico y mental de una gran parte de la población, del personal sanitario y los efectos más negativos en las personas más vulnerables.

Es evidente que, debemos cuidar al personal sanitario y valorar más tanto nuestra sanidad pública como la privada, ya que hemos formado una única red para luchar contra el Covid-19. Y se van viendo los resultados que, aunque cambiantes evolucionan según vemos los gráficos, al margen, en esta ocasión, de la gestión de nuestros dirigentes de la que algún día hablaremos despacio (los picos que hay en UCI y hospitalizados son por un cambio de criterio en la Comunidad de Madrid).

La forma de afrontar la crisis es diferente en cada individuo a nivel personal o profesional, ya que el camino a seguir para superarla lleva al descubrimiento y conocimiento de uno mismo y de sus recursos para abordarla. Los individuos que quedan atrapados en esta crisis necesitan cambiar su visión del mundo, pues tienen unos esquemas mentales que no son adaptativos, al menos en parte. En estos casos, la crisis se puede acompañar por alguien afín o profesional, pero solamente hasta que la persona descubra el camino por sí misma, encuentre las respuestas a la crisis que está pasando y así pueda establecer las prioridades en su vida, qué ha de aprender a vivir de diferente manera, y pueda crecer en su madurez personal, afectiva, relacional y pueda encontrar el sentido de cómo va a vivir la propia vida en adelante. En definitiva, primero en el propio interior y, en relación con otros después, siendo hospitalarios con uno mismo, para ser con los demás.

Es posible que, aparte de los factores personales de resiliencia, sea un factor muy importante el desarrollar la actitud adecuada para dejar que la crisis nos transforme, o, al menos nos dé una oportunidad para madurar o aprender algo para nuestras vidas, y para encontrar un mejor sentido.

Que este miedo no pase en vano, sin dejar ningún cambio tras de sí. Es preciso ahuyentar la angustia. Ante la Covid-19 nuestra humanidad se divide en grupos: los susceptibles (a los que todavía puede contagiar), los ultrasusceptibles (ancianos y personas de salud frágil) y los removidos (los que ya no están contagiados porque han muerto o se han curado) (Cf. Paolo Giordano). Hoy, todavía nos hace falta la vacuna de la paciencia. Bien sabemos, con Susan Sontag, que la enfermedad es el lado nocturno de la vida. Y también que las epidemias son emergencias médicas, y algo más.

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