VOLVER A VIVIR CON LOS CINCO SENTIDOS

Cuando el mundo paró, se encendió una dinámica que podría llevar a una revolución cultural porque pudimos sentir y saber mucho más. Catástrofes como esta pandemia tienen la virtud de crear mayores niveles de conciencia. Su impacto crea un gran silencio personal y colectivo porque nos deja sin palabras, el asombro nos deja boquiabiertos, detiene nuestra actividad, concentra toda nuestra atención, agudizan nuestros cinco sentidos, que tratan de captar la envergadura de lo que ocurre y reducir la incertidumbre. Las catástrofes crean las condiciones para que se dé un alto grado de clarividencia sobre la propia vida y, cuando su escala es colectiva, sobre el estado y devenir de nuestra sociedad. Incluso pese al sufrimiento y el efecto depresivo del mal, se abre paso una lucidez dolida capaz de llamar a las cosas por su nombre y distinguir lo esencial.

Las condiciones de confinamiento han contribuido a que ese sentido dolido de discernimiento haya sido mucho más profundo. El retiro a los hogares ha inducido un estado de recogimiento que ni siquiera las pantallas, el hacinamiento de algunas viviendas o la difícil convivencia en algunas familias ha podido evitar del todo. Cuando el mundo paró, la mayor parte de nuestras vidas lo hicieron -salvo para el millón de personas en servicios esenciales, el 2% de la población- y eso redujo sustancialmente las distracciones. Introdujo, quisiéramos o no, un silencio sistémico en nuestras vidas diarias.

La realidad se desbordó y eso constituye un fenómeno muy excepcional. La “realidad desbordada” es un tipo de experiencia donde las cosas se vuelven hiperreales, dotadas de una extraordinaria vividez y la historia se abre desdeterminada. En esas situaciones, el sujeto pierde el control sobre su entorno, suceden cosas que puede navegar, pero no planificar, tiene la sensación de que todo se vuelve más real porque todo es imprevisible, dotado de vida propia, rebasando. No se sabe a dónde puede llevar, la imprevisión obliga a improvisar y uno actúa como realmente es, sin cálculos ni disimulos.

En esas disrupciones inesperadas, la realidad está desbocada, la historia deja su cauce previsible y se abren nuevas posibilidades hasta ese momento impensadas. La historia se desfataliza, la libertad gana varios grados, hasta uno podría ser quien de verdad es. En esos estados de realidad desbordada los sentidos se hacen mucho más perceptivos, son capaces de mirar más, sentir más intensamente, escuchar lo que antes no oía. La Covid-19 ha sido un estado colectivo de realidad desbordada y ha supuesto una experiencia que nos ha dotado de una especial claridad. Por eso es tan importante guardar en la memoria todo lo vivido, lo pensado, lo sentido.

No solamente los hechos catastróficos de enfermedad, muerte y destrucción económica marcaron nuestro alto nivel de conciencia, sino que el entorno cobró un nuevo relieve. Cuando el mundo paró, las ciudades se liberaron del peso de la actividad humana. Los pájaros tomaron la ciudad e incluso especies salvajes se atrevieron a entrar en las calles y plazas que antes dominaban los humanos. Anidaron búhos reales en los maceteros de las fachadas, volvieron los cisnes a nuestros puertos, los ciervos jugaron en nuestras playas. La contaminación se redujo hasta el setenta por ciento en algunas ciudades y todo estaba más claro. Se podía percibir mejor el olor de los árboles.

Nos asomamos mucho más a las ventanas y no solo para aplaudir todos los vecinos a las ocho de la tarde en agradecimiento a aquellos que durante el día habían entregado y puesto en riesgo su vida para sanar, cuidar o acompañar en el final de su vida a nuestros enfermos y los más vulnerables. Salimos a las ventanas como no hacíamos desde que éramos niños, simplemente por mirar. Si llovía o nevaba, dejábamos lo que estuviéramos haciendo para ver simplemente caer el agua como si fuera una película de estreno. Como cuando éramos niños, simplemente contemplábamos, sin temor a perder el tiempo porque todo tiempo en la infancia aparece eterno (y lo es, cuando somos niños sabemos mucho mejor que el tiempo es el modo de relacionarnos con la eternidad o el tiempo es la eternidad hecha relación).

Durante la Covid-19, la inmensa mayoría tuvo una experiencia de redescubrimiento de su entorno vecinal y de barrio. Se preguntó de nuevo si se podrían ver las estrellas desde su ventana. Escuchó que los pájaros cantan muy de madrugada y distinguió sus distintas voces. Tuvimos tiempo y, sobre todo, atención para ser sutiles y sentir los distintos tonos de verde de la vegetación que nos rodea. Sentimos más el olor de la comida en casa, prestamos atención a las macetas de nuestro alféizar y vimos cómo iban creciendo y floreciendo. Durante este tiempo hemos tenido una excepcional vivencia de recuperación de nuestros cinco sentidos. Incluso, en este mundo de la Nueva Normalidad, el tacto se está agudizando, anhelante de los abrazos que no podemos dar.

La revolución cultural comienza por mejorar la capacidad de la gente para vivir con los cinco sentidos. Necesitamos recuperar nuestros cinco sentidos: mirar, oler, gustar, oír y vivir con tacto. Dentro de una sociedad estandarizada y frenética, hemos ido embotando los sentidos. Ha hecho falta que abotargáramos mucho nuestro sentido del olfato, por ejemplo, para que soportemos los altísimos niveles de contaminación de nuestras ciudades y su permanente olor a tubo de escape. Nuestra mirada se ha resignado a que la contaminación lumínica no nos permita ver las estrellas, pero también la hemos adormecido para que las personas sin hogar sean invisibles a nuestro paso. No tenemos la mirada del fotógrafo o el pintor, sino la de la cadena de montaje que solo ve pasar por delante las piezas que le interesa montar. Nuestros constantes monólogos interiores nos impiden escuchar a los otros y nuestros familiares y amigos tienen que llegar a veces hacerse daño o hacer daño para que les prestemos oído. Sin coches en las calles, durante el confinamiento, hemos desarrollado otra relación con el silencio. Hemos sabido que el silencio es el modo supremo de escuchar. La distancia social nos ha hecho conscientes de la capacidad creadora del abrazo, la caricia, la confianza, la ternura, el respeto, el tacto con los demás. Necesitamos recuperar el gusto de vivir.

Todas las percepciones son modeladas social y culturalmente, y la alienación comienza por controlar las percepciones de la gente: qué se puede mirar y oír, con quién se puede tener contacto, qué intimidad permite olernos, con quién compartir el gusto en la comensalidad. Vivir sin divisiones sociales implica comenzara a sentir a los demás, a la gente de otro modo. La revolución cultural se inicia en otra forma de percibir el mundo, más profunda y esférica, captando físicamente la realidad por las cuatro esquinas y los cuatro puntos cardinales. Esta pandemia nos ha hecho reconectarnos con los demás y el mundo.

Hemos podido respirar mejor, hemos redescubierto la piel -la que debemos lavar y cuidar, la que podemos acariciar, la que deseamos sentir-, nos ha hecho escuchar muchas historias -muchas veces dolorosas, otras llenas de belleza y grandeza-, nos ha llevado a mirar a donde no prestábamos atención, nos ha hecho buscar el verdadero sabor de la vida. Como ante los grandes desafíos que van sobre la vida y la muerte, la Covid-19 nos ha hecho ser mucho más de verdad.

Es clave educar los cinco sentidos en la formación de nuestros niños y jóvenes, y lo es también recuperar o afinar esos cinco sentidos a cualquier edad. Esa sutileza y atención nos hará no solo sentir con mucha mayor potencia e intensidad la vida, sino meditar y razonar mucho mejor la realidad. Nos han quitado los cinco sentidos y los hemos descuidado, y debemos volver a poner los cinco sentidos. Esa percepción por la que nos sabemos mundo y el mundo entra en nosotros, nos hace vivir con los pies mucho más en la tierra, en un momento de la historia en el que la Tierra es precisamente lo que se puede perder.

Contacta con nosotros
EMAIL
proyectogaudete@comillas.edu
Dirección
C/ Alberto Aguilera 23,
Madrid, España
@PGaudete
Contacto
NOMBRE
EMAIL
TEMA
MENSAJE